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  • Laura Inbianco

La grandeza de la fotografía de arquitectura.

Siempre mejor tras el diafragma Una vez vi a una chica que, observando cámaras fotográficas antiguas en un escaparate, se quedaba embobada mirándolas, supongo que por el áurea que aquellas desprendiéran. Quizás es ese aire vintage-cutre de los materiales con los que están construidas. O bien, por lo que se supone que son capaces de hacer cuando disparas y ese diafragma mecánico, propio de una cámara de los años 70, se abre y cierra en milésimas de segundo para quemar el bromuro de plata del negativo y ofrecer algo completamente diferente a lo que perciben tus ojos de forma natural. La realidad que tenemos delante de nuestros ojos cada día es basta, banal e incluso en ocasiones odiosa. Representa nuestros miedos y nuestros temores, por la obligación de enfrentarnos a ellos. La fotografía no.



En esa realidad que percibimos en nuestro día a día, se incluye irremediablemente la arquitectura que habitamos. Nuestro hogar, nuestro apartamento, la oficina a la que acudimos a trabajar, la estación de metro, nuestra casa en la playa, la frutería de debajo de casa y una interminable lista de etcéteras. Esos espacios acaban por definir nuestra forma de vida, dibujando forzosamente nuestros recorridos, nuestra forma de mirar al mundo e incluso nuestras costumbres y hábitos (buenos y malos).

Recuerdo que, en nuestras primeras obras de reforma como despacho de arquitectura, nos preocupaba sobremanera todos los detalles y rincones de nuestra creación, no solo por como los estábamos ejecutando si no por como se iban a utilizar en el futuro. Fuese una reforma interior de un piso, un restaurante o una oficina, nos desquiciábamos cada segundo en prever que es lo que sucedería en cada milímetro de nuestra obra una vez la terminásemos. Intentábamos decirle al cliente cómo debía habitar, como debía vivir y como debía usar cada elemento que allí se instalaba, sin caer en la cuenta de que, en el fondo, nuestro trabajo finalizaba en el momento de entregarle las llaves al cliente que nos había contratado.


Un buen día, reconocimos que hay cosas que desde nuestra humilde posición de creadores y ejecutores no podemos controlar. Podemos ofrecer las herramientas para que la gente habite de la mejor manera que consideramos, poniendo todos nuestros esfuerzos en generar esa macla perfecta entre las necesidades del cliente, las exigencias del lugar, del presupuesto y nuestro conocimiento arquitectónico y constructivo. Pero no podemos controlar como cada uno quiere y necesita vivir ese espacio a lo largo del tiempo, que sin ninguna duda también será una forma de habitar cambiante. La subjetividad de cada uno le hará poner un cuadro aquí o allí, un mueble de esta o de aquella manera e incluso mantendrá mejor o peor lo que nosotros consideramos casi un hijo, por el hecho de haberlo diseñado y construido.


Estoy convencido de que el 100% de los espacios que hemos creado, los utilizaríamos de forma completamente diferente a como lo hacen nuestros clientes, incluso habiendo estado pensados por nosotros para ellos en exclusividad. Por asimilar, diría que es como aquel flamante coche que sale de la fábrica impoluto, con olor a nuevo, sin ralladas, sin customizaciones propias del propietario final, sin los dados colgando del retrovisor central. Ese propietario le pondrá su carisma propio, su personalidad en cada detalle y evidentemente el coche perderá la pureza innata que tenía al salir original de la cadena de montaje. ¿Será mejor? ¿Será peor? Simplemente será diferente.



En nuestra mano está el hacer la mejor arquitectura con la mejor flexibilidad y adaptación a las necesidades. Pero en la mano del cliente está el cómo evoluciona ese espacio en el tiempo.

Por ello, al final caes en que esa es una de las grandezas de la arquitectura (dentro de otras muchísimas evidentemente). Y esa también es la grandeza de la fotografía. Lo mismo que sucede con las cámaras antiguas, sucede en fotografía arquitectónica. Plasman la realidad sin serla definitivamente. No voy a descubrir América diciendo que evidentemente la fotografía arquitectónica es una mentira. Pero es una mentira piadosa, con buenas intenciones.


Es la forma de mirar a esa creación desde los ojos del creador. Digamos que es como se miraría Henry Ford a un Mustang recién salido de la cadena de montaje, antes de que cualquier comprador lo adquiera y le ponga las pertinentes pegatinas de “niño a bordo” en el parabrisas trasero. Para nosotros es la primera y última oportunidad de vivir un rato ese espacio en el que tanto esfuerzo y dedicación hemos desempeñado. Lo aderezamos como lo viviríamos nosotros, lo miramos con cariño, siempre desde los ojos mecánicos de una cámara y tras los experimentos y sensibles ojos de un fotógrafo que nos entiende, que nos comprende y que en el fondo nos mira con nostalgia, por reconocer que nunca volveremos a ver ese sitio de esa manera. Lo entregamos y lo perdemos a la vez. Es como dar un niño en adopción, nunca participarás en su educación ni cómo será de mayor, no está en tu mano, pero tiene tus ojos, tus orejas y quizás algún día se ríe como tú. Pero no lo sabrás.

Por suerte nos quedan las fotos, con las que le decimos al mundo lo guapo que es nuestro hijo. Las publicamos y las enseñamos con orgullo en nuestras redes y páginas web porque sabemos que es la realidad que hemos creado. Nos conmueve la fotografía porque muestra la realidad a su manera, pero no es la realidad a la que nos debemos enfrentar.


by Iván Ibáñez Carmona, Architecture MR www.architecturemr.com

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